Bajo la lengua.
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Estuve pensando mucho ayer, lo pesado que es aguantar las ansias de no tener como comunicarme con la gente.
El peso de la incertidumbre. Inclusive, el de voltear al reloj y no saber nada de nadie.
Me costó también aceptar que las tecnologías, son necesarias; incluyendo al automóvil. Aunque, bien recuerdo, que Tizano bien dijo una vez: " hoy en día poseer un auto es más maldición que lujo." Bien puedo cambiar auto por celular, por computador o hasta por televisor. Pero siempre, me son necesarias.
A parte de que sabemos de que me hice el duro, por no querer hablar; me hice el tibio cuando supe que quizá, se ausentaría en avisarme como está.
A veces creo que lo hace a propósito. Simple, empieza con una actitud de peso mayor de rigidez y termina siendo el que necesita oír que lo quieren, que lo aman.
Primicias entonces cuando empieza a ofenderme; no se detiene y llega al punto en que sabe que quebraré. Entonces ahí, sigue, sin ser perenne. Sigue echandole ganas para que cuando llegue ése término de cocción de mi paciencia, recaiga en mí la culpa del testimonial pleito.
Sé que los ratos que suceden estas cosas, se han vuelto más cotidianos. Incluso, opté por tratar de actuar diferente. Como aquellas veces que no iba a esperar nada más de mi padre y sólamente daba por hecho lo que él daba por hecho.
No fue paulatino, sorpresivamente, no tardó mucho en darse cuenta, que yo ya no esperaba nada nuevo de él.
Y sé que juzgo rápidamente al decir que esta vez será igual; pero al ver los compendios de batallas que hemos desarrollado, creo que ya son costumbres las que recaen en el que la culpa se ha monopolizado. No acepta disculpas, parece que no acepta tampoco culpas sin tener que meter a fondo la daga e intervenir con el desperfecto que yo soy también cuando ocurren estos episodios.
No le quiero cambiar su forma de ser. Me enamoré del escenario general que se ha desarrollado entre los dos. Mucho menos entiendo cuando debo ser de soporte, cuando sus mejores frases de consuelo, siempre llegan demasiado tarde o con una opinión sesgante. Cuando no gusta de creer que las cosas serán para mejor, con un idioma de personalidades completamente diferente. Me cuesta tanto creer que esa sea su mejor manera de amar. Montarse en el caballito, que bien recuerdo que mi mejor amigo Roger, "El Tigre", zorrajaba sobre las actitudes de Moisés: "así me conociste, así soy. El que se chinga eres tú".
Lo peor llega cuando espera una actitud pasiva, después del arranque de ira.
Yo ya soy hábido de narraciones personales, de cuán iracunda llega a ser la gente, pero esta vez, me canso muy rápido.
Tiro la toalla por que no sé qué esperar a cambio. Sé que en realidad, de corazón, no nacerá un cambio. Sigo ilusionado que de nuestros errores - por que también sé que los míos, por causas repetidas y que se me han hecho notar por más de siete meses a cada pleito que pasa y más aún, cuando los suyos se vuelven míos, después de haberme desahogado o que los míos siempre sean los mismos - nos ayudan a cambiar de parecer; de sentirnos un poco más responsables.
Pienso o me gusta pensar, que algún día, estaré en el punto de ebullición en su presencia y me portaré de la manera que me han enseñado mis abuelas: "No esperes del diablo milagros sin cobrar. Cóbralos antes de maniobrar". Si quiero ser paciente, la paciencia no llegará esperando de la otra parte de su mundo; embargo del mío, si se nace, si ya no es crónico mi cansancio de las altanerías, de lo insufrible que se vuelve el lío, paciente seré.
No diré: "me sorprendo, me volví más paciente y pude dar más, pero en fin, se acabó lo que se tenía que acabar"; acá entre nos, eso se me hace tan mediocre. Trataré de decir: "soy paciente por que quiero. Dí lo que pude por que quise y amo por que puedo."
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